Ese monstruo llamado Auditorio

La sencillez, preparación o empatía son claves para poder luchar… y vencer a ese monstruo llamado auditorio.

“Hoy tengo que pronunciar un discurso”. Esa frase, lapidaria para muchos, es solo la puerta a un infierno, a un pasaje aterrador, una mezcla de sudores fríos, nervios, voces temblorosas, y es que son muchas las personas que temen pronunciar un discurso. Ahora bien, las circunstancias “obligan” y al final no hay más remedio que enfrentarse a ese monstruo llamado “auditorio”.

Y es que cada día se celebran millones de ponencias o discursos por todo el mundo. Vital Speeches of the Day informa que en un día normal en ciudades como Los Ángeles o Nueva York se reúnen miles de auditorios… y la conclusión, por obvia, no deja de ser importante: “Todos quieren un orador”.

En realidad, el ámbito de presentación puede ser muy diferente: escuela, trabajo, organización… en todos hay un lugar para poder sufrir en silencio el tener que pronunciar un discurso o tener que realizar una presentación. Es más… aquí ya comenzamos a abrir una duplicidad de lo más curiosa. Hace años las personas solo se preparaban para pronunciar un discurso, pero hoy en día hay que hacer un auténtico despliegue de medios: presentaciones, luces, vídeos, auditorios en 360º. Parece que alguien busca el “más difícil todavía” como si en vez de un discurso hubiera que realizar un número de circo.

Visto todo esto… ¿qué consejos debemos tener en cuenta para salir vivos de esta aventura? ¿Qué elementos debemos tener en cuenta para lograr pasar esta prueba con éxito?

La preparación…factor clave del éxito

Lo primero que debemos pensar es en algo básico: no queremos ser aburridos o aburridas. Buscamos que nuestro discurso no duela, que no sea algo aterrador para nosotros y que tampoco lo sea para aquellos que nos escuchan. Por eso la preparación es vital. Es posible que tratemos un tema básico, pero podemos hacerlo de una forma brillante si conseguimos ideas geniales, diferentes. No es necesario cuando analizamos esta idea pensar en acumular estadísticas, datos, grandes cantidades de hechos y anécdotas. La preparación debe tener dos principios esenciales:

  1. No solo hay que familiarizarse con el tema. Hay que conseguir un mensaje para la ocasión, un mensaje definido y exacto, concluyente.
  2. Hay que pensar en el auditorio al que nos dirigimos, pensando en la mejor forma de transmitir el mensaje a esas personas en particular.

Teniendo en cuenta esto, debemos componer un mensaje empático, adecuado con el auditorio y sencillo. No tenemos que ser showmans ni nuestra ponencia tiene que ser un espectáculo. Esta técnica sólo funciona a corto plazo. A la larga las personas no nos creerán o al menos no nos respetarán. Debemos informar e informar con autoridad.

Un orador experto dio con la clave: “Tenga algo que decir. Levántese y dígalo. Siéntese. Nadie ha inventado aún un método superior”. Es interesante esta reflexión… podemos sin un solo adorno influir en las personas, pero nuestro discurso debe ser positivo, directo y conciso.

Hablar en público - Ese monstruo llamado auditorioTambién es importante pensar en el auditorio. La idea es bajar nuestro discurso de la nube y ponerlo en la realidad, en la medida de lo posible, en el vivir diario. Debe ser algo aplicable y asimilable. En muchos casos es interesante hablar de costumbres locales, de noticias o de lugares. Eso atraerá a las personas que nos escuchan y será más fácil la transmisión y asimilación del mensaje. Sobra decir que, si no sabemos mucho de nuestro auditorio, tendremos que investigar un poco. Es más… en la medida de lo posible pregúntate quien va a componer su auditorio: ¿jóvenes? ¿mayores? ¿comerciantes? ¿empresarios? ¿amas de casa?

Una vez que tenemos estos datos claros hay que pensar en qué decir, lo que denominamos los puntos principales de nuestro discurso. Y aquí hay un ejercicio muy simple que debemos realizar siempre: debemos escoger nuestros puntos principales, pero también debemos determinar cuánto tiempo necesitamos para cada uno de esos puntos. Una vez hecho esto… debemos pensar en cómo realzar el mensaje, punto por punto. Y finalmente escribiremos nuestro discurso, o al menos prepararemos algunas notas, y siempre lo haremos con un orden lógico.

El valor… está en el mensaje

Ahora debemos enfrentarnos a nuestros miedos… y a nuestro auditorio. Para vencer este nerviosismo hay una serie de ideas que siempre son interesantes. La primera es no pensar mucho en nosotros mismos. El tema que queremos tratar debe ocupar todo nuestro espacio mental. Además de servirnos de distracción nos ayudará a mantener la concentración. Puede que nosotros, como seres humanos enfrentados a nuestros miedos nos sintamos débiles, pero nuestro mensaje puede ser muy poderoso. Esto se traduce en que debemos creer en el material que hemos preparado, estamos convencidos de su importancia y lo afrontamos con sinceridad y confianza.

Debemos permitir que nuestro mensaje afecte también a nuestros sentimientos. Si así lo hacemos nuestras emociones, ademanes y porte serán genuinos. Y si conseguimos eso, seguro que mantendremos a nuestro auditorio en expectación. Nuestro mensaje tendrá tanto valor que impulsará a nuestros oyentes a actuar.

A este respecto no hay que olvidar que un mensaje definido, sin florituras ni inspiraciones de última hora nos permitirá controlar el tiempo. No estaremos divagando ni llenando silencios con frases sin sentido o carentes de valor.

Las zonas peligrosas

Hay dos zonas peligrosas que se deben evitar para mantener el control del tema, de la exposición y de nosotros mismos.

La primera zona a evitar es esa tendencia de hablar de todos los temas investigados. Es cierto que debemos realizar una investigación profunda para obtener datos, ilustraciones o afirmaciones, pero también es cierto que el tiempo es limitado y que nuestro discurso no puede ser uno de esos discursos “que nunca tienen fin”. La investigación es para prepararnos nosotros, para ganar confianza y sentirnos confiados, pero no para “asombrar” a nuestro auditorio. Lo óptimo es tratar 3 ó 4 temas en una ponencia. Hablar de más temas o bucear en las profundidades no hará más que distraer y cansar a nuestro auditorio.

Otra zona a evitar es esa relacionada con la fraseología. Hay que evitar palabras largas o terminología que el auditorio no entienda. Podemos dar la impresión que sabemos (o creemos saber) más que nadie. Incluso generamos una sensación de repulsión, alejando a nuestro auditorio. Aquí hay una máxima que nos ayuda de forma clara: la sencillez comunica empatía.

Ese monstruo llamado “auditorio”

Es cierto que muchas personas nunca, a pesar de los años y de la experiencia, se sienten cómodos cuando deben realizar un discurso o ponencia. Si ese es tu caso, no desesperes. Evita hacer discursos mortíferos e infinitos. Quizás debas dejarte enseñar por expertos, pero lo que tienes que tener claro es que seguro que tu mensaje, con mejor o peor suerte, llega a tu auditorio, a las personas interesadas en aprender y escuchar. Si el mensaje es claro, si es capaz de dar algo distinto, si es capaz de empatizar, de comunicar, puede sorprenderte lo que consigas, aunque no sea con un resultado sobresaliente.

La oratoria es un arte que se adquiere con el tiempo y con destreza, en la mayoría de los casos de la mano de auténticos profesionales. Una vez que se ha adquirido… poco a poco se puede ir cultivando. Al fin y al cabo, ese monstruo llamado “auditorio”, no es tan terrible después de todo.

Autor: Omar Castellá | Socio-entrenador

 

 

 

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